miércoles, 7 de febrero de 2007

revolución energética

En estos últimos tiempos, se han suscitado discusiones sobre el problema del consumo desmesurado de energía en los países desarrollados y el derroche de energía en nuestro país. La semana pasada, en algunos países capitalistas desarrollados todas las personas de buena voluntad y preocupadas por el futuro del planeta creyeron que con no usar la energía eléctrica un día, iban a mandar una fuerte señal a sus líderes y los poderosos ejecutivos de las transnacionales energéticas. Desde ese día (no creo que puedan durar más), estas mismas personas han seguido usando y dependiendo de todos sus aparatos y dispositivos que usan energía eléctrica. Se pretende atacar el problema de manera individual, dentro de la misma mecánica consumista y sin cuestionar ni poner en entredicho toda a dinámica capitalista que es contraria al ahorro de energía.
En cambio, aquí en Venezuela se ha decidido enfrentar este grave problema, como debería asumirse en todas partes, como una política de Estado y con propuestas a largo plazo. En noviembre del año pasado, el gobierno lanzó lo que ha llamado “La Revolución Energética”. Este programa abarca varias partes: colocación de generadores para atacar el problema de la distribución eléctrica, ahorro de combustible, ahorro de electricidad en el sector industrial, ahorro de electricidad en las zonas residenciales, desarrollo de programas de gasificación nacional, uso de gas natural para vehículos y la fabricación e instalación de equipos para la generación de electricidad, a través de fuentes alternativas de energía como la eólica y la solar, entre otros programas.
Me interesa hablar de un segmento del plan, que nos toca directamente a tod@s, el ahorro de electricidad en los sectores residenciales. Esta parte del plan implica el cambio de bombillos incandescentes por otros ahorradores de luz. Este cambio lo llevan a cabo un grupo de brigadistas que cargados de mochilas van recorriendo las áreas residenciales y cambiando los bombillos.
El sábado llegó a mi edificio un grupo de brigadistas cuban@s a cambiar todos los bombillos tanto de los exteriores del edifico como los de los apartamentos de aquellas personas que voluntariamente quisieran cambiar sus bombillos. Todo funcionó muy bien, yo estaba particularmente emocionada, porque me parece que este proyecto es muy importante y que una parte primordial de su éxito depende del cambio de los hábitos y prácticas diarias de cada un@ de nosotr@s. Sólo los más desquiciados opositores al gobierno y los que han sido descerebrados por la propaganda anticomunista se han opuesto a este programa, diciendo que los cubanos van a las casas para hacer un inventario de las posesiones, para quitárnoslas en un futuro cercano o que los bombillos tienen unas cámaras y grabadores para que se puedan grabar las interesantes discusiones con nuestras parejas y las conversaciones con nuestros gatos.
Pero no todo podía ser tan bueno, no habían pasado más de dos horas después de que habían cambiado los bombillos del edificio y ya los habían robado. Esto realmente me disgustó y deprimió mucho. Me volvió a la realidad y al problema de la corrupción y delincuencia generalizada. Hay que ser bien desgraciado para robar unos bombillos ¿qué van a hacer con ellos?, ¿usarlos?, ¿venderlos?, ¿por cuánto? ¿será tan buena la ganancia? Todo el esfuerzo hecho dos horas antes se vino abajo por la vieja mentalidad y por los intereses estrictamente particulares que dominaron la conducta de aquella persona ratera.
Fue una adecuada oportunidad para recordarme que el problema de los cambios es mucho más complejo y que no se dan tan rápido como una quisiera.

miércoles, 24 de enero de 2007

julia

He leído y recomiendo el excelente texto escrito por Athenea sobre la película Julia (1977). Viene como anillo al dedo, pues como les comenté, estaba rememorando las películas que había visto durante mi infancia y adolescencia. Una de las películas que siempre recuerdo y que trato de ver cada vez que la exhiben (que son muy pocas veces) es Julia. No la vi en el 77, sino a principios de los ochenta, recuerdo que me fascinó el contenido político y la relación que existía entre estas dos mujeres. La escena que más evoco es el reencuentro, después de varios años, de Lily con Julia (ya sin pierna). En esa escena quedaba claro que esa sería la última vez que Lily iba a ver a Julia.
Coincido con Athenea, definitivamente Julia está en mi lista de películas lésbicas. Desde que la vi, me di cuenta, más por lo no dicho que por lo dicho, que había algo más que una gran amistad entre las dos.
Sería interesante averiguar cómo perciben esta película las jóvenes lesbianas, ahora que hay canciones, videos y películas abiertamente lésbicas. En la década de los setenta y ochenta se hicieron algunas películas europeas y latinoamericanas (poquísimas, eso sí) con temáticas homosexuales y lésbicas, pero éstas eran prácticamente desconocidas, ya que las películas estadounidenses dominaban las salas. Debido a que el cine producido en Hollywood cargaba –y carga aún- el sello de la pacatería macartista, las lesbianas de mi generación desarrollamos una sensibilidad especial para ir construyendo nuestro propio imaginario. Mis amigas y yo lográbamos captar las películas implícitamente lésbicas y, a veces, conseguíamos lesbianizar películas que no lo eran, pero que abrían una rendija para ciertos subtemas de la experiencia lésbica.
Sería interesante hacer un listado colectivo de películas implícitamente lésbicas, para comprobar la similitud o diferencias en nuestra recepción y percepción.

lunes, 22 de enero de 2007

recuerdos

Terminé de leer Las películas de mi vida. Me removió muchos recuerdos, sobre todo porque el personaje de la novela y yo somos contemporáneos, vimos prácticamente las mismas películas. Es lógico, si tomamos en cuenta que en nuestros países las grandes productoras estadounidenses dominaban y aún dominan la distribución de películas en nuestros cines.
Había olvidado cuánto me gustaba ir al cine, cómo mi hermana y yo esperábamos ansiosas cada estreno. Definitivamente, el cine forma parte de mi infancia y adolescencia.
Recuerdo también que esa época fue muy buena para el cine venezolano, vi muchas películas: País portátil, Soy un delincuente, Oriana, Macu, La boda y muchas otras más. Había un fuerte contraste entre nuestras películas y las que venían de Hollywood. Muchos criticaban a las películas venezolanas por sus temas sociales, por su lenguaje, por su enfoque, qué se yo. Qué mezquinos y torpes eran esos críticos, afortunadamente, la gente hacía caso omiso a estos comentarios y seguía viendo las películas.
Pienso en las salas donde vi estas películas y me entristece saber que la mayoría ya no existen, se transformaron en grandes tiendas de ropa o en sedes de iglesias evangélicas (instituciones boyantes en los noventa). Ahora sé lo qué se siente vivir en una ciudad sin pasado palpable, una ciudad donde se tienen que atesorar los recuerdos en la memoria, en las fotos, en los videos de cada uno de sus habitantes.
También recordé a los amigos, vecinos y profesores chilenos que conocí en las décadas de los setenta y ochenta. Nunca me atreví a preguntarles nada, todo estaba sobreentendido. Caracas era sólo un espacio de tránsito, mientras caía la dictadura. Más nunca los volví a ver, pero siempre pienso en ellos. Menos mal que en ese tiempo no podíamos imaginar que Pinochet iba a morir sin enfrentar la justicia e, incluso, con honores. La manera como se produjo el fin de la dictadura y la forma como se han comportado los gobiernos “democráticos” en Chile, nos hubiera parecido en ese momento, la trama de una película muy mala que nunca nos habríamos prestado a ver.

lunes, 15 de enero de 2007

misión fallida

Disfruto mucho al experimentar cómo sufre la gente cuando alguien se sale fuera del molde. Muchas personas no se limitan a acongojarse, a distanciarse o a hacer comentarios a tus espaldas, algunas con espíritu más decidido pasan a la acción.
Tengo una compañera de trabajo que tiene años tratando de “modificar” mi conducta. Ha pasado por las consabidas etapas tradicionales en su estrategia: en la primera, me tiraba indirectas y me regalaba productos para convertirme en una “mujer”: me daba pinturas de labios (que ahora están en la boca de mi hermana) y me regalaba desodorantes (¿será que incluso huelo mal?). Meses después, en la segunda etapa, me hacía comentarios para indicarme que no vestía de forma femenina: “¿por qué no usas carteras?”, “tú debes tener las piernas bonitas, ¿por qué no usas faldas?”. Tengo que reconocer que era valiente pues mis respuestas le debieron parecer un poco rudas: “porque no me gustan, ¿tú me has visto con alguna?”, “yo no te digo qué debes ponerte” o, la definitiva, “yo ni siquiera me recuerdo cómo viniste vestida ayer, así que no necesito tu opinión”. Tengo que admitir además que es muy persistente, porque se atrevió a pasar a la tercera y última etapa, la del ataque directo: “pareces un hombre con ese corte de pelo”. No me van a creer, pero después de que le respondí, “ésa es precisamente mi intención, es más, la próxima vez me lo voy a cortar al rape”, se puso a llorar, porque yo era una persona muy dura, sin sentido del humor y no había entendido que sólo era una broma.
Resulta que mi ejecutora personal del “behaviour modification program” se sintió herida por mis comentarios y, para colmo, todos en la oficina pensaron que yo le había hecho algo muy malo.
Sin embargo, desde ese entonces se terminaron sus comentarios, aunque no su pesadumbre. Me imagino cómo debe sufrir cada mañana cuando me ve llegar y no puede hacer nada, ni siquiera puede hacer ningún gesto para ayudarme a ser una mujer feliz. Debe ser terrible tener que morderse la lengua, sonreírme, contenerse. Pero les aseguro que la mirada la delata, sé que no se ha dado por vencida, tiene la certeza de que su misión conmigo no ha terminado.

sábado, 13 de enero de 2007

mi intención

Cuando era una niña y después en la adolescencia, me regalaron varios diarios, pero no los utilicé porque pensaba que no me pasaban cosas dignas de poner en el papel (siempre he sido excesivamente autocrítica), tampoco entendía la utilidad de escribir un texto que sólo yo podía leer. Claro, siempre existía el riesgo de que alguien de mi familia lo encontrara y lo leyera (lo que parece ser el destino de todos los diarios). Los únicos diarios que todos conocían eran los escritos por personas famosas que ya estaban muertas, lo que reforzaba mi idea de que alguien podía fisgonear en tu vida privada sin tu consentimiento.
En los últimos tiempos he sentido una creciente necesidad de escribir, no por narcisismo, sino como una de tantas formas de contribuir a cambiar este mundo lleno de injusticias y desigualdad. He utilizado diferentes medios, pero reconozco que no le he sacado provecho a todas las posibilidades comunicativas que ofrece internet. Conocía de la existencia de los blogs desde hace dos años, pero en realidad, admito que disminuí su importancia y que, además, me parecían la manera que algunas personas habían conseguido para de darle salida su egocentrismo. ¡Qué equivocada estaba!
Hace un mes una amiga me envió la versión en PDF de un libro llamado ¿De otro planeta?, obra que cambió mi percepción de los blogs. Los blogs tienen un componente intrínsecamente democrático (claro, no tod@s tenemos acceso a internet, ésa es una limitación, principalmente en nuestros países). Primero, porque cualquier persona con acceso a internet y con una mínima alfabetización tecnológica, puede publicar todo lo que piensa que es importante compartir con los demás, de tal forma que no es necesario ser una persona famosa o un autora renombrada
para que otros te lean (con tu consentimiento); segundo, me encanta el hecho de que tus lectores te puedan hacer comentarios y críticas, lo que le da un carácter colectivo al trabajo de escritura.
Estos dos aspectos son especialmente importantes, si tomamos en cuenta que es un efectivo medio de comunicacion para todas aquellas que hemos sido históricamente discriminadas, excluídas e invisibilizadas; en este sentido, es especialmente útil para
nosotras las lesbianas.
En este blog, voy a tratar todos los temas que me preocupan, mis inquietudes, mis sueños, mis reflexiones, mis posiciones políticas, los libros que me gustan, las películas que forman parte de mi vida, en fin, es un reflejo de todo lo que quiero compartir con ustedes. Tiene objetivo muy sencillo: comunicar.

13 de enero de 2007