lunes, 15 de enero de 2007

misión fallida

Disfruto mucho al experimentar cómo sufre la gente cuando alguien se sale fuera del molde. Muchas personas no se limitan a acongojarse, a distanciarse o a hacer comentarios a tus espaldas, algunas con espíritu más decidido pasan a la acción.
Tengo una compañera de trabajo que tiene años tratando de “modificar” mi conducta. Ha pasado por las consabidas etapas tradicionales en su estrategia: en la primera, me tiraba indirectas y me regalaba productos para convertirme en una “mujer”: me daba pinturas de labios (que ahora están en la boca de mi hermana) y me regalaba desodorantes (¿será que incluso huelo mal?). Meses después, en la segunda etapa, me hacía comentarios para indicarme que no vestía de forma femenina: “¿por qué no usas carteras?”, “tú debes tener las piernas bonitas, ¿por qué no usas faldas?”. Tengo que reconocer que era valiente pues mis respuestas le debieron parecer un poco rudas: “porque no me gustan, ¿tú me has visto con alguna?”, “yo no te digo qué debes ponerte” o, la definitiva, “yo ni siquiera me recuerdo cómo viniste vestida ayer, así que no necesito tu opinión”. Tengo que admitir además que es muy persistente, porque se atrevió a pasar a la tercera y última etapa, la del ataque directo: “pareces un hombre con ese corte de pelo”. No me van a creer, pero después de que le respondí, “ésa es precisamente mi intención, es más, la próxima vez me lo voy a cortar al rape”, se puso a llorar, porque yo era una persona muy dura, sin sentido del humor y no había entendido que sólo era una broma.
Resulta que mi ejecutora personal del “behaviour modification program” se sintió herida por mis comentarios y, para colmo, todos en la oficina pensaron que yo le había hecho algo muy malo.
Sin embargo, desde ese entonces se terminaron sus comentarios, aunque no su pesadumbre. Me imagino cómo debe sufrir cada mañana cuando me ve llegar y no puede hacer nada, ni siquiera puede hacer ningún gesto para ayudarme a ser una mujer feliz. Debe ser terrible tener que morderse la lengua, sonreírme, contenerse. Pero les aseguro que la mirada la delata, sé que no se ha dado por vencida, tiene la certeza de que su misión conmigo no ha terminado.

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